Mujer Miao
Hace unos años, realicé un viaje fascinante a la provincia de Yunnan, con el objetivo de asistir a un “show de la variedad étnica china” en Lijiang (la Disneyland de las minorías). Pasé unos días en Nuodeng, una aldea remota que alguna vez fue un punto clave en la Ruta de la Sal. Pero, sobre todo, fui a Dali, donde viví una experiencia amorosa fugaz pero intensa. Pasé una semana con una mujer Miao, inmersa en una de las pocas sociedades matriarcales que aún persisten, a pesar de lo que muchos afirmen.
Ella me habló de su familia, de sus tías que no eran tías, de sus abuelas que no eran abuelas, y de sus primas que no eran primas. También me explicó el valor de un hombre en su sociedad, que se limita a aportar su semen. Recordé un viejo libro sobre los inicios de la civilización china, antes de la dinastía Xia, donde los hijos conocían a sus madres pero no a sus padres. La memoria de la lectura se fusionó con la experiencia vivida, dando lugar a un afecto que culminó en un adiós abrupto: “No nos volveremos a ver. Basta.” Así me fui, llevando conmigo la sensación de haber dejado parte de mi alma en esa breve pero significativa relación.
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